Los intelectuales y el poder
Por Valmore Muñoz Arteaga el 12 de Agosto, 2008 en Opinión
a Ángel Lombardi
Acabo de culminar la lectura del libro de Rosa Montero La Loca de la Casa, era una deuda que tenía conmigo mismo. Este tipo de libros autobiográficos siempre me han seducido. Sin embargo, no es propiamente del libro de lo que quiero escribir, sino de un capítulo que en el libro aparece, la relación entre los intelectuales y el poder. A pesar de que ella proyecta su discurso en torno al poder político y económico, en mi caso, me voy a centrar en el primero, la relación entre los intelectuales y el poder político. Apunta Rosa Montero: “todos los poderes necesitan heraldos y voceros; todos precisan intelectuales que inventen para ellos una legitimidad histórica y una coartada moral”. Esto ha ocurrido siempre o casi siempre.
El nazismo tuvo a Knut Hamsun y Martin Heiddeger; el fascismo italiano tuvo a Gabriele D´Annunzio, Luigi Pirandello y Giovanni Papini. Mirando hacia Latinoamérica el caso es similar. Quizás el de mayor publicidad sea el –casi noviazgo- de García Márquez y Fidel Castro. En Venezuela, los positivistas de Gómez, Uslar Pietri y Briceño-Iragorry de Medina Angarita, Vallenilla de Pérez Jiménez, Gallegos y Andrés Eloy Blanco de los adecos y pare de contar.
Hombres de cuyo valor cultural e intelectual no tengo los basamentos para poner en duda, pero que, en muchas ocasiones, han servido para justificar ciertas atrocidades sociales. Los gobiernos autoritarios suelen ser los más beneficiados. Se posan bajo el cobijo de figuras notables y moralmente intachables para, desde allí, agredir –muchas veces con saña inhumana- al pueblo a quien (mal)dirigen. Sin embargo, el intelectual tampoco desaprovecha los beneficios de ser bastión moral de estos regímenes. De esa relación sacan sus dividendos que puede ser una embajada, un consulado, alguna labor muy bien remunerada y que aquiete un poco los gritos desesperados de una conciencia que, a lo mejor, en algún momento del pasado, estuvo limpia. Otros, de pronto más afortunados, terminan siendo los novelistas de América o, en su defecto, poetas del pueblo.
Un caso muy reciente es el de Luis Britto García, a quien no critico por tener una postura “ideológica”. Eso es un derecho que todos tenemos. Lo que critico de él es justamente su poco valor crítico frente a la actuación del gobierno a quien sirve. La misión del intelectual no es precisamente aplaudir como foca amaestrada cada vez que se le antoje al domador, tampoco es guardar silencio y escudarse tras cualquier excusa fútil para escapar de su responsabilidad de señalar los errores cometidos por los líderes a quienes sirven. El intelectual no está para animar ni participar del festín de Baltasar.
A mi juicio, el intelectual debe estar, no sólo para edificar su obra y cultivarse, sino para responder con esas mismas armas del conocimiento los desvíos que las sociedades, a través de sus líderes políticos, cometen. Aplaudir cuando sea justo hacerlo, pero señalar ardorosamente, si ese fuera el caso, cuando surjan ante sus propias narices las injusticias, los desmanes y los atropellos que son usuales dentro de la convivencia humana, pero que no por eso deben ser aceptados y justificados. Nada puede justificar una injusticia, ni siquiera una injusticia pasada. El intelectual debe levantar su voz de protesta cuando se agravie a un ser humano, sin importar en qué orilla política se encuentre.
Escritor/educador
vajomar@cantv.net



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