Maltrato a Fe y Alegría
Por Antonio Pérez Esclarín el 26 de Junio, 2008 en Opinión
En Fe y Alegría, languidece la fe y se apaga la alegría. Le cuesta comprender y aceptar que un Gobierno que supuestamente prioriza la inclusión y el trato preferencial a los más pobres, trate con tanta desconsideración a un movimiento educativo que desde hace más de 53 años levantó las banderas de educación de calidad a los más necesitados. El personal de Fe y Alegría no goza aún del derecho a la jubilación, se les adeuda desde noviembre el aumento del 40 por ciento decretado por el Presidente, y el subsidio que se acordó este año deja por fuera los aportes para el bono vacacional y los aguinaldos. Es decir, la fidelidad al pueblo más necesitado es retribuida con maltrato y desconsideración. Esto no lo entienden ni el personal de Fe y Alegría ni las comunidades educativas de los barrios que se pelean por conseguir un cupo en esas escuelas. Por ello, Fe y Alegría se ha visto obligada a salir a la calle a exponer su dolor, su perplejidad y sus heridas. Ha recibido buenas palabras, que sí, que tal vez en un mes, que sólo el Presidente puede agilizar los procesos. ¿Es este el modo de tratar a un movimiento de tanta vocación popular, entrega y mística?
Fe y Alegría nació el 5 de marzo de 1955 en un humilde rancho de lo que hoy es el 23 de Enero, en Catia, Caracas, con cien niños sentados en el cemento crudo. La primera escuela nació de un acto de generosidad. El obrero Abrahán Reyes había brindado la sala de su rancho para que se celebrara en ella la primera comunión de 70 niños, fruto de la labor catequística de un grupo de universitarios, que dirigidos por el Padre Jesuita José María Vélaz, solían visitar los sábados las enormes barriadas del oeste de Caracas. En la homilía, el Padre Vélaz habló de la necesidad de profundizar la labor formativa mediante un proceso de educación sistemática. Para ello, necesitaban construir una escuela, donde todos esos niños pudieran salir de la ignorancia, raíz principal de la miseria. Al terminar la misa, Abrahán Reyes se acercó al Padre y le dijo: “Si quiere hacer una escuela, ponga las maestras que yo le regalo este local”. Siete largos años le había llevado a Abrahán y su esposa Patricia construir la casa, ladrillo a ladrillo, como las construyen los pobres. Y cuando aún estaba fresco el olor a cemento y no se habían acostumbrado al milagro de verla terminada, se la regalaron al Padre Vélaz. “Si me quedo con ella, le dijo, será la casa de mi mujer y los ocho hijos. Pero si la convertimos en escuela, será la casa de todos los niños del barrio”.
Fe y Alegría empezó a multiplicarse a punta de generosidad, sacrificio y de juntar esfuerzos. Debajo de algunos árboles, en ranchos alquilados, al lado de basureros y quebradas de aguas negras…, en esos lugares que nadie ambicionaba, fue creciendo Fe y Alegría. Pero no bastaba con escuelas: tenían que lograr para los empobrecidos una educación de calidad, porque como le gustaba repetir al Padre Vélaz: “La educación de los pobres no puede ser una pobre educación”. Por ello, la larga historia de Fe y Alegría es una búsqueda incesante de experiencias y modalidades para mejorar la educación y por garantizar a los educandos los medios indispensables para su éxito escolar. De ahí que, ya en las primeras escuelas, funcionaban también comedores escolares, roperos, dispensarios médicos…, y abrieron sus puertas no sólo a los niños y jóvenes, sino a todos los miembros de la comunidad. Durante el día, acudían a clases los niños y jóvenes, y en las noche y fines de semana, los adultos, con los que se iniciaron cursos de alfabetización, capacitación laboral, higiene, economía familiar, atención y cuidado de los hijos, y se organizaron cooperativas de ahorro y de consumo. Las escuelas eran también capillas y, sobre todo, hogares, pues desde el comienzo Fe y Alegría consideró el amor a los alumnos como su principal principio pedagógico.
Fruto venezolano, Fe y Alegría saltó las fronteras y empezó a sembrarse en Latinoamérica. Hoy es un movimiento presente en 17 países de América y a punto de iniciar sus labores en el continente africano, en lugares siempre donde crece vigorosa la miseria.
La vocación de servicio ha llevado a Fe y Alegría a explorar sin descanso distintas modalidades educativas, formales y no formales, a utilizar la radio como estrategia educativa y comunicacional para llegar a muchos y ser un medio de expresión de todas las voces, a innovar en el campo de la educación, en y para el trabajo y la producción, a incursionar con pasos firmes en la educación tecnológica y superior, a producir teoría pedagógica en contextos de marginalidad, y a privilegiar la formación sistemática y permanente de sus educadores, por considerarlos los sujetos más importantes para cualquier renovación educativa y para garantizar a todos una educación integral de calidad. Muchos, sin embargo, emigran a la educación oficial buscando mejores condiciones laborales. Pero ¿será que los educadores de Fe y Alegría no merecen el mismo trato que el de sus colegas de la educación oficial? ¿Son acaso menos venezolanos los niños y niñas y las familias que prefieren las escuelas de Fe y Alegría para que reciban un trato discriminatorio? ¿Acaso olvida el Gobierno que no es dueño del presupuesto, sino un mero administrador y que debe utilizarlo para garantizar a todos una educación de calidad en términos de equidad?
La hoja de servicios de Fe y Alegría es bien elocuente. Sus centros se abren como banderas de vida y esperanza en barriadas, caseríos, comunidades rurales e indígenas. Ya es hora de que se haga justicia. Sr. Presidente, Hugo Rafael Chávez Frías, usted tiene una excelente oportunidad de pagar la enorme deuda social que Venezuela tiene con Fe y Alegría, y de demostrar que son ciertos sus clamores de inclusión, justicia y equidad.
Director del Centro de Formación Pedagógica Fe y Alegría









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