El purgatorio de Ingrid

Betancourt siempre fue tratada como botín de guerra por las Farc según cartas y testimonios 

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Cuarenta días después de su secuestro, el 23 de febrero de 2002, se fugó con Clara Rojas por primera vez. Duró cuatro días en la selva, pero la encontraron. Otros dos intentos con Rojas también fueron torpedeados por la espesura de la selva y la guerrilla. El último fue con Luis Eladio Pérez. Le pusieron cadenas en el cuello. La aislaron, la maltrataron. Intentaron violarla. Políticos liberados narran su calvario.

Carta a su madre Yolanda Pulecio

“Aquí vivimos muertos. Estoy mal físicamente. No he vuelto a comer, el apetito se me bloqueó, el pelo se me cae en grandes cantidades (…). Este es un momento muy duro para mí. Piden pruebas de supervivencia a quemarropa y aquí estoy escribiéndote mi alma tendida sobre este papel. No tengo ganas de nada. Creo que eso es lo único que está bien, no tengo ganas de nada porque aquí en esta selva la única respuesta a todo es ‘no’. Es mejor, entonces, no querer nada para quedar libre al menos de deseos. Hace tres años estoy pidiendo un diccionario enciclopédico para leer algo, aprender algo, mantener la curiosidad intelectual viva. Sigo esperando que al menos por compasión me faciliten uno, pero es mejor no pensar en eso.

La vida aquí no es vida, es un desperdicio lúgubre de tiempo. Vivo o sobrevivo en una hamaca tendida entre dos palos, cubierta con un mosquitero y con una carpa encima, que oficia de techo, con lo cual puedo pensar que tengo una casa. Tengo una repisa donde pongo mi equipo, es decir, el morral con la ropa y la Biblia que es mi único lujo. Todo listo para salir corriendo. Aquí nada es propio, nada dura, la incertidumbre y la precariedad son la única constante. En cualquier momento dan la orden de empacar y duerme uno en cualquier hueco, tendido en cualquier sitio, como cualquier animal.

Me sudan las manos y se me nubla la mente y termino haciendo las cosas dos veces más despacio que lo normal. Las marchas son un calvario porque mi equipo es muy pesado y no puedo con él (…) Pero todo es estresante, se pierden mis cosas o me las quitan. Lo único que he podido salvar es la chaqueta, ha sido una bendición, porque las noches son heladas y no he tenido más que echarme encima. Antes disfrutaba cada baño en el río. Como soy la única mujer del grupo, me toca prácticamente vestida: shorts, brasier, camiseta, botas. Antes me gustaba nadar en el río hoy ni siquiera tengo alientos para eso. Estoy débil, friolenta, parezco un gato acercándose al agua. Yo que tanto he adorado el agua, ni me reconozco. (…) Pero desde que separaron los grupos no he tenido ni el interés ni la energía para hacer nada. Hago algo de estiramiento porque el estrés me bloquea el cuello y duele mucho.

Yo trato de guardar silencio, hablo lo menos posible para evitar problemas. La presencia de una mujer en medio de tantos prisioneros que llevan 8 y 10 años cautivos es un problema (…) En las requisas le quitan a uno lo que uno más quiere. Una carta que me llegó tuya me la quitaron después de la última prueba de supervivencia en el 2003. Todos los días estoy en comunicación con Dios, Jesús y la Virgen (…) Aquí todo tienen dos caras, la alegría viene y luego el dolor. La felicidad es triste. El amor alivia y abre heridas nuevas… es vivir y morir de nuevo. Durante años no pude pensar en los niños y el dolor de la muerte de mi papá copaba toda la capacidad de aguante. Llorando pensaba en ellos, sentía que me asfixiaba, que no podía respirar”.

Noviembre de 2007

Carta a su esposo Juan Carlos Lecomte

“Siento que mis niños están en sus vidas en stand by esperando que yo salga, y tu sufrimiento diario, y el de todos, hace que la muerte me parezca una dulce opción. Pienso en mis niños, en mis tres niños, en Sebastián, en Mela, y en Loli. Tanta vida ha pasado entre nosotros, como si la tierra firme fuera desapareciendo en la distancia. Son los mismos y ya son otros, y cada segundo de mi ausencia, de no poder estar ahí para ellos, de consentirles las heridas, de no poder aconsejarlos, o darles fuerzas, paciencia y humildad golpes de la vida, todas las oportunidades perdidas de ser su mamá, me envenenan los momentos de infinita soledad como si me pusiera con suero de cianuro, gota a gota, por entre las venas. ( ) Estoy débil, friolenta, parezco un gato acercándose al agua”.

Febrero 2008.

luis-eduardo-perez Luis Eladio Pérez
“Ingrid aguantó más que ningún otro el sufrimiento, la rabia de la guerrilla y las vejaciones. Compartió de rehén con cuatro enfermos mentales. Siempre tuvo dificultades en poder proteger su intimidad, para disimular frente a militares enfermos que tienen la sola idea de contemplarla desnuda para poder masturbarse. Con la guerrilla es igual. Algunos le propusieron abiertamente relaciones sexuales. Era peor que un campo de concentración”.

clara-rojas Clara Rojas
“Tuvimos cadenas cuando estuve con Ingrid porque nos intentamos escapar y nos encadenaron durante un mes, 15 días estuvimos las 24 horas con un pie amarrado a un árbol. A manera de amenaza nos llevaron un enorme tigre ensangrentado, como para decirnos: Miren el peligro que tienen si vuelven a escapar. Nos llevaban animales de lo peor, las tarántulas aparecían y uno no sabía si es que aparecían espontáneamente o es que las traían para asustarnos”.

gloria-polanco Gloria Polanco
“Cuando nos liberaron Ingrid estaba muy enferma y maltratada. Padecía un problema recurrente de hígado y estaba mal física y moralmente porque las Farc trataban a diario de doblegarle el espíritu. Cuando salimos de ese infierno nos trazamos el objetivo de pedir, clamar y exigir su liberación. Muchos pensamos que se pondría peor que en la prueba de supervivencia divulgada en diciembre pasado y en la que aparece demacrada, muy flaca y con la mirada baja”.

martin-sombra Martín Sombra
Carcelero. Capturado el 3 de marzo. “Si Ingrid tiene que decirle a usted que es un hijueputa, le dice. A mí me gustaba sentarme a hablar con los gringos y me daba la noche con la barriga adolorida de reírme de ellos. Ella me reclamó: Me dijo que qué hacía con esos gringos, que si acaso ellos no eran del imperio, los enemigos de las Farc”.

consuelo-perdomo Consuelo Perdomo
“Pocas veces coincidimos. Ella casi siempre estaba aislada, pero por problemas de salud comunes una vez pude saludarla.  A medida que pasaban los días salimos y emprendimos un viaje inclemente a pie, algunos enfermamos. Nos transportaban en hamacas, las cuales estaban atadas a un palo que hacía las veces de camilla”.

orlando-beltran Orlando Beltrán
“Ingrid destacó en cautiverio por ser una mujer sumamente valiente, que contestó, que no se arrodilló ante nada, sin temor a la muerte, valiente, retadora de quien sea. De tal manera la conozco. Es propio que ella haya escrito en momentos de mucha dificultad la última carta. A muchos de nosotros nos marcó por su grandeza”.

jorge-gechem Jorge Géchem
“Fue en mi caso como una verdadera hermana, una persona solidaria, muy pendiente de mi enfermedad y siempre atenta. Recuerdo que en mis horas más difíciles siempre estuvo a mi lado, cuidándome, siempre generosa. Actuaba con mucha grandeza. Hablo de una mujer muy valiosa. Mujeres así el país y  el mundo necesitan”.

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Jorge Eliécer Gaitán en entrevista realizada en 1943

Gaitán en un monólogo íntimo

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A 60 años de su asesinato, Versión Final reproduce parte importante de un testimonio histórico. En un diálogo biográfico concedido al periodista B. Moreno Torralbo y publicado en El Siglo de Bogotá (julio 12 de 1943), ofrece anécdotas de su carrera estudiantil, del ejercicio del derecho y de su labor parlamentaria. Alerta de la importancia de la moral en la juventud.

Éste no es un diálogo, apenas es un monólogo. Jorge Eliécer Gaitán habló y el reportero escuchó. Ésta es una entrevista sin preguntas. Señalado el itinerario espiritual que debía recorrer, de modo espontáneo, sonreído, caudaloso en la exposición de sus pensamientos, ameno e interesante en todos los momentos, Gaitán se confesó con sencillez y naturalidad. “No era un título sino una profesión lo que perseguían en las aulas”. Gaitán conversó sobre su vida estudiantil:

“Mejor será que le diga algo de lo que por entonces era común y prevalente entre gran parte de los que estudiábamos. Creo no equivocarme al decir que la gente moza de aquella época, al menos un numeroso grupo, parecía haberse propuesto, sin saberlo y dentro de la parva posibilidad de unos estudiantes que comienzan, tener como paradigma el consejo de Bergson: “Obra como pensador y piensa como hombre activo”. Porque aún no había salido del período de bachillerato y ya tenía un gran entusiasmo por el conocimiento desinteresado y puro.

Recuerdo que en la universidad nos imponíamos un trabajo duro y extraoficial, y que los estudiantes permanecíamos en los patios del Capitolio hasta la medianoche, para tornar, comenzada la mañana, al Parque de Santander, o a los románticos claustros de Santo Domingo a continuar la tarea.

Y cuando —como en mi caso— las lecciones de Holguín y Caro sobre filosofía, o las de José Alejandro Bermúdez sobre Derecho Canónico, o de Abadía Méndez, Cadavid, Félix Cortés, Pérez y tántos otros hombres eminentes en sus lecciones no se acomodaban sino que contradecían, por ortodoxas y conservadoras, nuestro temperamento revolucionario, no por eso nos eran inútiles, ya que nos servían para buscar con más afán por fuera los sistemas ideológicos y filosóficos contrapuestos, y en armonía con nuestra intuición. No era propiamente el deseo de un título, sino la ambición de tener una profesión, la que nos guiaba”.

El diserto informador de las cosas de su vida, habla con entusiasmo de sus primeras luchas y le pone calor a sus palabras en el relato de sus hazañas iniciales. Este devoto afán, prosigue, por los conocimientos no impedía sino que, al contrario, estimulaba el amor por la lucha.

“Algunos de nosotros anduvimos por barriadas y veredas propugnando por nuestro ideal, luchando contra el gobierno, que nos parecía, por estático y conservador, síntesis de todos los males nacionales. Muchos de nosotros, aún con pantalones cortos, combatíamos por los nuevos ideales que amábamos en lo político, en lo artístico, en lo puramente intelectual. Era una época de aguda agitación. Asociaciones, comités, academias, grupos beligerantes”.

En el Congreso…
“Le contaré cuál fue mi primera actuación parlamentaria. Se discutía el tratado con los Estados Unidos. Lo combatían, por considerarlo contrario al orgullo y a la dignidad nacionales José Vicente Concha, quien había venido expresamente de Roma para atacarlo, Benjamín Herrera, Laureano Gómez y Luis Cano. Lo defendía en los bancos ministeriales de la Cámara, Olaya Herrera, Ministro de Relaciones Exteriores. Por aquel tiempo, como hasta 1935 ó 36, las sesiones del Parlamento, por su solemnidad y grandeza, aún recordaban a los estudiantes que se encontraban en frente del cuerpo soberano de la nación. Laureano Gómez y Luis Cano pronunciaron grandes discursos.

No se me ha ido de la memoria cuando el doctor Concha se dirigió, con el emocionado gesto que en los hombres produce la ancianidad que se hace joven por el fuego interno que la ilumina, para felicitar a don Luis Cano. Al día siguiente habló Concha. Fue la primera y la última vez que lo oi. Creo que, al igual del momento en que los hombres en su lucha con la muerte dan la última sensación de vitalidad, que no es sino el preludio del viaje postrero, Concha mostró cuánto de grande había habido en su elocuencia.

Olaya, que era un gran estadista y que como orador tenía la virtud de las tormentas, es decir, de arrasar con viento, leyó unos cuantos tratados de derecho internacional que le robaron fuerza a su modalidad oratoria porque no era un hombre de disciplina científica, entró con su hermosa voz dramática en la controversia personal con su adversario; Concha tenía la fama de ser orgulloso y soberbio; fue allí donde Olaya encontró su filón. A tal soberbia le atribuyó el verdadero origen del ataque al tratado, y finalizó su período con esta frase: “Porque, doctor Concha, cuando Dios quiere perder a los hombres los hace soberbios”.

Desde la barra en donde me encontraba con mis compañeros de universidad, pues todos, como cualquiera se lo explica, estábamos de parte del ataque romántico a aquel tratado, cuya negativa hubiera sido un grande error, y apenas Olaya Herrera hubo terminado y sin dar tiempo a la ovación que era de esperarse, grité a todo pulmón: ¡Viva la soberbia nacional! El grito fue respondido con un atronador aplauso. Al día siguiente el periódico que encabezaba la oposición al tratado, y que, según me parece recordar, dirigían Laureano Gómez y Uribe Cualla, encabezó su editorial con el mismo título de ¡Viva la soberbia nacional! tomando pie en el anónimo grito…”.

El primer pleito…
“Mi iniciación profesional fue harto turbulenta. Terminados los estudios me encontré ante el gran problema de todo iniciado sin influencias: establecerse. En la casa que ocupaba y aún ocupa “El Mensajero”, logré en el tercer patio, una oficinilla que correspondía a la despensa de la antigua residencia y que don Julio Escobar me arrendó en doce pesos. Y como no tuviera para comprar el escritorio, acudí al almacén de un señor Ballesteros, situado enfrente del Palacio de la Carrera, quien me alquiló uno, por la suma de dos pesos al mes.

Entre estudiar y esperar, esperar y estudiar, y, sobre todo, esperar al cliente desconocido, se me iba todo el tiempo y también la tranquilidad. Un buen día un muchacho empleado de la librería de “El Mensajero” se presentó en mi oficina para ver de que le gestionara un asunto. Era hijo único, de su esfuerzo dependía toda su familia; había sido llamado a filas y, según él me lo conto de acuerdo con la ley tenía derecho a la exención.

Desde luego, comprendí que sobre el particular poseía una erudición legal más amplia que la mía. Le manifesté que sólo hasta el día siguiente podría ocuparme de su problema, pues algún pleito pendiente —por supuesto inexistente— me impedía atenderlo ipso facto.

Se trataba, apenas, de dar tiempo a que el retiro del joven cliente me permitiera salir en carrera hacia la oficina del reclutamiento militar para obtener un decreto sobre la materia y empaparme del asunto. En efecto, al día siguiente celebramos el contrato por la para mí fabulosa suma de treinta pesos, que él me pagaría en dos contados, uno al comenzar y otro al término de la gestión. Y así tuve y gané mi primer pleito”.

Crisis de moral…
“Y ya que hablo de estas reminiscencias, me parece que al caso viene decirle que uno de los problemas más inquietantes del país, a mi modo de ver, reside precisamente en la absoluta ausencia de estímulo de las virtudes humanas de la juventud, que parece ser doloroso patrimonio de la presente hora colombiana. Tanto más alarmante cuanto que a nadie alarma. El hombre no obra sin motivos, y cuando faltan los generosos y elevados, se moverá por los exiguos y pequeños. Bien es cierto que la delicuescencia en la valoración de los principios éticos y morales es hoy signo de amplitud universal y que dentro de nuestras propias fronteras la disminución y el aflojamiento de las normas que condicionan una vida, excede de las partidas para cobijar el ambiente todo.

Sin embargo, si se toman medidas preventivas en orden a la defensa de lo económico y fiscal, no se entiende cómo tan indiferente desdén se acusa en lo que dice relación al elemento humano, suprema riqueza de toda actividad social. La juventud presente, destinada a manejar la República en las épocas más difíciles de su historia ha menester de una preparación intelectual especial, de una energía de voluntad como no fuera en otras ocasiones necesaria y de un carácter como nunca indispensable.

No obstante, por la realidad deletérea de cada hora y de cada momento, ella crece en el ambiente de que las virtudes mentales volitivas y morales, no sólo no son una contraseña de libre paso en el camino del buen éxito, sino en muchas ocasiones embarazoso lastre. Fatal lección la de enseñarle que la República no es propiamente un patrimonio colectivo, sino una especie de taquilla de teatro cuyo boleto se paga al precio del renunciamiento de la personalidad y sólo se vende cuando el cliente declara, de antemano, que le gusta la obra y está irremediablemente enamorado de los actores…”.

Líder

Jorge E. Gaitán (23 de enero de 1898-9 de abril de 1948). Político y abogado colombiano. Fue alcalde, ministro, congresista y candidato del partido liberal a la Presidencia de la República para el periodo 1950-1954, con altas probabilidades de ser elegido presidente en 1949 dado su gran apoyo popular. Su asesinato en Bogotá produjo enormes protestas populares conocidas como El Bogotazo, que dieron pie el conflicto bélico colombiano.

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