Wane palitsü-nee jüchiki akuwaipa jutuma waiú*

Miguel Ángel Jusayú: ícono de la resistencia indígena

jusayu

En enero, la cineasta Patricia Ortega presentó en el Lía Bermúdez el documental El Niño Shuá (sobre la vida de Jusayú).

Traducción: M. A. Jusayú / Foto: Ana María Viloria

Cronistas e historiadores y otros alijunas -con o sin oficio- se han encargado de reconstruir o destruir la cultura de los waiú (o wayúu). En no pocos casos, la prensa ha repartido sus migajas, siempre con notas y reportajes filantrópicos; un malentendido altruismo, propio de la sociedad contemporánea, algo fácil de apreciar cuando leemos las gacetillas y formularios que se han escrito sobre uno de los indígenas más importantes de la cultura waiú: Miguel Ángel Jusayú.

Sobran los datos caricaturescos acerca de Jusayú: fue mendigo, vendió rifas; en fin, quedó acorralado entre las redes de una ciudad mezquina y a la vez dadivosa. Resulta por lo tanto una empresa difícil hablar sobre alguien como él, o más bien sobre un pueblo del que prácticamente nada conocemos o  no queremos reconocer como parte de la historia fundacional de América, sobre todo cuando aún respondemos a la lógica aristotélica, génesis de la cultura occidental que hoy domina y somete al mundo, de la civilización y barbarie que nada entiende de alteridad u otredad.

Jusayú lo sabe y casi con temor nos advierte: “Nosotros comenzamos a decirles alijunas a ustedes porque los caribes odiaban a los waiú, nos obligaron a recorrer toda la costa de Venezuela hasta llegar a La Guajira. Desde ese entonces los vimos como enemigos, y alijuna es sinónimo de enemigo. Pero esa es una historia de los alijuna y yo no sé si es verdad…”.

Los waiú migraron desde la región del Río Amazonas-Río Negro (en la actualidad Manaos) hacia el noroccidente de Venezuela, La Guajira, según la relación de Luis Adolfo Pérez en Los wayuu: tiempos, espacios y circunstancias.

El alijuna casi siempre será el mismo para los waiú: está dentro de su memoria, no como un proceso de reconocimiento y aceptación sin resistencia de la cultura de occidente, sino más bien como un no olvidar su lucha de resistencia, característico de las culturas orales y los pueblos indígenas, que sistemáticamente fueron diezmados y aniquilados desde la colonia española hasta la segundad mitad del siglo XX.

Recordemos el cuento Ni era vaca ni era caballo, de Jusayú: el niño dedicado al pastoreo en los campos desérticos de La Guajira se atormenta cuando por primera vez entra el vehículo a la tierra waiú, un choque cultural; el niño creía ver al Yolujá (fantasma) del que tanto le hablaron sus padres. Era el mito hecho realidad. Lo mágico y lo real de un pueblo. Jusayú tomó prestada la lengua castellana (alijunaiki, como él dice) para transmitir ese saber colectivo de los waiú.    

Es Jusayú, sin lugar a equivocaciones, una de las tantas memorias de la cultura waiú. Pero desde una visión bastante excluyente e ignorante se reseñó en la prensa: “Jusayú es el portavoz, la memoria del pueblo waiú. Wayúu ilustre… Su humanidad inspira respeto, así como su vejez sabiduría… Una vez que se alió con el aprendizaje y cultivó su vida, el escritor dio un giro drástico para convertirse de mendigo a intelectual y salvaguarda de los valores indígenas”. Yerro continuo cuando escribimos según nuestra forma de ver el mundo, y no desde la perspectiva indígena.

La cultura oral de los pueblos indígenas es la antítesis de la individualidad de occidente, representado con la escritura que hoy manejamos como discurso. Los waiú, así como cada uno de los 27 pueblos indígenas y las 36 lenguas aborígenes reconocidas como lenguas nacionales en la Constitución de 1999, responden a otra forma de articular y organizar el pensamiento, no son propietarios individuales: sus saberes son compartidos, colectivos e incluyentes, trasmitidos con la oralidad.

Saberes y creencias que forman parte de una historia en común, mas no de un relato individual. En nuestra sociedad quien escribe firma un libro o artículo periodístico: porque el conocimiento se asume como una propiedad individual. Imposible para los pueblos indígenas, donde lo colectivo o el nosotros inclusivo les permite mantenerse como pueblo, les permite mantener una unidad o identidad indivisible.

Civilización y barbarie
Podemos ver en Jusayú a La Guajira y el mar, a los clanes y sus animales mitológicos. De sus relatos es posible recoger todo el proceso de sometimiento que los alijunas han emprendido contra el pueblo waiú. 

El proceso de penetración cultural emprendida por españa  contra los waiú, en el siglo XVI, y la esclavización a la que fueron sometidos a partir de la segunda mitad del siglo XIX y primera del siglo XX, que los obligó a practicar, por ejemplo, el contrabando como forma de subsistencia y habitar el oeste de Maracaibo en condiciones de inferioridad numérica y subordinación cultural, según Adolfo Pérez, con imposición de patrones de conducta, “y condiciones de segregación desde una sociedad criolla que asume su papel de dominación rechazando las culturas que antecedieron a su propia existencia”.

Es parte de la construcción de un otro desde una visión excluyente y discriminatoria. Es el proceso de edificación y destrucción de las fronteras culturales y lingüísticas que se dio entre los waiú y los europeos, primero; y entre los waiú y los representantes del neocolonialismo del último siglo; más el proceso de evangelización y alfabetización como arma ideológica de dominio.

Jusayú o el pueblo waiú, que es lo mismo en tanto y en cuanto son historia, poesía, mito y costumbres compartidas, ni viven ni sobreviven. Se dignifican ellos mismos, sin dádivas ni limosnas.

Jusayú lo entendió y aprendió el alijunaiki para rescatar parte de la memoria de su pueblo. Diccionario sistemático de la lengua guajira: guajiro-castellano, Morfología de la lengua guajira, Ni era vaca ni era caballo, Taku’jala: lo que he contado, entre otros cuentos y estudios de su lengua materna es una muestra.

Pero hoy podemos vislumbrar una compleja dificultad que puede resumirse con un breve ejemplo. Los lingüistas aseguran que debe escribirse wayúu o wayu; mientras que Jusayú se apega a su oralidad para escribir waiú (y no podemos esperar menos).

Sin embargo, y a pesar de que Jusayú y el pueblo waiú están haciendo un gran esfuerzo para construir un sistema de la lengua wuayunaiki, no deben olvidar que la lengua y su escritura, entendidos desde la perspectiva de occidente, lleva consigo una ideología o forma de articular las experiencias, muy distinta a la de las culturas indígenas.

Es el de Jusayú y el de muchos estudiantes indígenas que habitan en Maracaibo un aporte importante. Están conquistando su propia historia, la de los pueblos indígenas. Pero en la ensordecedora urbe seguimos pensando que nada tenemos que aprender de los waiú.

Nada más lamentable y grotesco de una sociedad que ni la más mínima idea tiene de la organización matrilineal de los waiú y de casi todas las culturas indígenas, desde donde nace todo: el amor incondicional de la madre por la familia, el respeto a todos y cada uno de sus miembros, el convivir en comunidad, el respetar la madre tierra.

Nuestra sociedad se somete a una organización patriarcal de obedecimiento y de respeto malentendido y sumiso. Las leyes divinas, dioses o semidioses son las tuercas de este mecanismo. Dentro y fuera de la Universidad del Zulia conocen a las hijas de Jusayú. Pero dudan cuando ellas dicen que son Epiayú. “Será que no son sus hijas”, se preguntan, desconociendo la organización waiú a partir de la mujer-madre.

Estamos lejos de comprender la cultura waiú. Mientras tanto seguiremos con el atropello y las falsas filantropías; con las croniquillas rosas de un indígena ciego que aprendió a leer y a escribir alijunaiki. Miguel Ángel Jusayú lo sabe y no los hace saber en uno de los salones donde enseña el wuayunaiki, en la Universidad del Zulia. Pero estaba solo, los estudiantes no asistieron ese día.

(*) Microhistoria de la cultura waiú

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