Los fantasmas de Vargas

Carmen de Uria quedó desolado ocho años después del deslave de diciembre de 1999

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El 14, 15 y 16 de diciembre de 1999 la tragedia arropó a Vargas y al país. “El agua hacía que los cerros se derritieran como mantequilla sobre un sartén y daba pavor ver como los árboles iban cayendo, dejando la montaña desnuda. Cristo perdió su brazo derecho al frenar las aguas”. Las palabras son de Nicolás Ovalles, uno de los 20 habitantes que permanecen en Carmen de Uria. “Los planes de recuperación de Vargas planteados por el Gobierno nacional una mentira bien publicitada”, aseguró Aldimar Escalona, luchadora social de Vargas.

Una cerca metálica y un policía naval salen al encuentro de quienes visitan el sector Carmen de Uria. Desde 2005, el funcionario pertenece al tercer pelotón de la segunda compañía del batallón de Policía Naval N° 1 “Cn. José Alejo del Mas”.

Este valle, especie de embudo que desemboca en el mar, era uno de los sitios predilectos de visitantes y era el lugar de asiento de familias portuguesas e italianas en su mayoría. Se respiraba prosperidad. Eso, hasta que el agua abrió al cielo y creó una cortina que lo oscureció todo. La Quebrada de Uria creció como nunca. Sus aguas, embravecidas por la tempestad, borraban las calles con el barro y los árboles que arrastraban. Pocos querían salir de sus hogares. No le daban crédito a la naturaleza y sus avisos. La advertencia duró poco. 24 horas después, Carmen de Uria era un lodazal. Las casas no se veían. Los techos estaban a ras de piso. La paz ya no se respiraba.

Hoy los militares presentes en la base aseguran que no duermen bien. En las noches, son llamados por sus nombres y apellidos. Sienten el rugir del río crecido. Los gritos y la desesperación de las voces de los muertos de Carmen de Uria retumban en el eco de las montañas. Nadie descansa en paz, a pesar del silencio de la noche.

Nicolás Ovalles es una de las veinte personas que todavía viven en el sector. “Yo no me salí porque como siempre he vivido aquí sabía que tenía que construir en el cerrito. Yo me quedé, incluso, cuando nos vinieron a buscar los bomberos. Mi familia se fue, pero yo no. Las piedras que rodaban eran grandísimas. El agua hacía que los cerros se derritieran como mantequilla sobre un sartén y daba pavor ver como los árboles iban cayendo dejando la montaña desnuda”. Así comienza a desmigajar los recuerdos.

Su partida está cerca. El Minfra, luego de la construcción del puente de Uria, le compró su vivienda por 130 millones de bolívares. Mucho más que los siete millones que le estaba ofreciendo Corpovargas para que se mudara. Su nuevo destino está en La Guaira. No quiere estar lejos del mar. Sus manos están acostumbradas a la construcción de yates y veleros. Su destino no lo puede apartar de su fuente de trabajo, ni de su vida misma.

“Desde lo alto pude ver como sacaban los cuerpos de gente que en la noche anterior había saludado. Lo único que se veía en pie era la iglesia, excepto su parte delantera que fue derrumbada. Uno de los enviones de agua se llevó a la mayoría de la gente que estaba en su interior. Es insólito ver que la iglesia soportara y que, después de sacarle el barro, las estatuas de los santos quedaran intactas, menos el Cristo que perdió su brazo derecho. Sé que con él fue que paró el desastre natural”, cuenta Ovalles.

En los primeros años de la tragedia, Carmen de Uria lució como un camposanto. Cientos de cruces blancas estaban dispersas por todo el lugar en recuerdo a los muertos que no aparecieron o a los que prefirieron dejar descansar en paz. En esta oportunidad, la naturaleza ganó la batalla. Recuperó sus espacios. Mientras el mar lame las heridas abiertas en los corazones de la gente que vivió la tragedia y que trata de borrar de la memoria.

Radiografía de una tragedia
Durante dos semanas cayeron sobre Vargas lluvias torrenciales que acumularon cerca de 1.200 milímetros de agua, cuando la media anual es de entre 500 a 600 milímetros. Solamente el día 16 de diciembre de 1999, se estima que cayeron 72 milímetros de agua en una hora. Sobrevinieron deslizamientos, inundaciones, deslaves y aludes.

Pérdidas
La tragedia de Vargas dejó pérdidas por más de 4 mil millones de dólares. Más de 500.000 personas sin acceso al agua potable originaron brotes de enfermedades. 100.000 damnificados, y entre 15.000 a 30.000 fallecidos, sin embargo, cifras conservadoras de la Cruz Roja indican que dicha lista podría haber llegado hasta los 50.000 muertos. Ocho mil viviendas fueron destruidas. La vialidad quedó destruida en un 85%.

Rescate y reconstrucción
El rescate de los sobrevivientes se inició tarde. La coordinación la tuvo el Gobierno nacional. Participaron la FAN, Defensa Civil y la comunidad nacional e internacional. La base de operaciones fue el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar. Desde allí eran transportados los sobrevivientes hasta los distintos refugios. El principal de éstos el ubicado en el Poliedro de Caracas.

Mentiras del Gobierno
Plan Vargas II

En el año 2005 se decide emprender un nuevo plan de acción para la reconstrucción del estado, el llamado Plan Vargas con un monto de inversión de unos 920 millardos de bolívares que para ese momento equivalen a unos 427 millones de dólares. El plan se propone minimizar los riegos en las quebradas y zonas de posible desbordamiento de ríos, así como reactivar el sector turístico de la entidad. Los pobladores dicen que de las 27 cuencas que debían canalizar, sólo está casi terminada la de Los Corales, que se encuentra en un 80%. El resto, pasa sin penas ni glorias, como obras mal ejecutadas.

En sitios como Quebrada Seca, Piedra Azul, San Julián, sólo por nombrar algunos, se construyeron gaviones. Mallas metálicas que contienen piedras de río. Especie de muros de contención que, según Aldimar Escalona, no resisten los embates del río crecido.

“En Quebrada Seca, con una simple lluvia ya se perdió parte de uno de esos gaviones”. Para esta luchadora social, “los planes de recuperación de Vargas planteados por el Gobierno nacional y puestos en marcha por el regional, son un fiasco, una gran mentira muy bien publicitada”.

Otras vaguadas

  • 1798: el río Osorio aumentó su caudal entre el 11 y el 13 de febrero debido a fuertes precipitaciones que se extiendieron por 60 horas. El centro de La Guaira se vio afectado siendo destruidas algunas casas. Alexander von Humboldt visitó la zona un año después e hizo algunos reportes.
  • 1951: un fenómeno meteorológico similar sucede en la misma zona. El río Naiguatá cambia de cauce arrasando casas, mientras que los ríos Osorio y Caracas crecen por las precipitaciones afectando, el primero de ellos, a la ciudad de La Guaira. Estas precipitaciones se calcularon en cerca de 530 milímetros de agua en tan sólo 60 horas.
  • 2005: En los días del 7 al 12 de Febrero, en pleno lunes de Carnaval, las lluvias comenzaron a propagarse hacia toda la región norte costera de Venezuela. Afectando fuertemente al Distrito Capital, al estado Vargas y la región andina, específicamente el estado Mérida.

A ocho años de la tragedia de Vargas organismos oficiales siguen sin cumplir
Testimonios de dolor y supervivencia

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El estado Vargas tiene una superficie de 1496 kilómetros cuadrados y una población de 321.000 habitantes permanentes, más una población flotante de visitantes y temporadistas no cuantificada, pero que se puede estimar en alrededor de 20.000 a 25.000 personas en los períodos de diciembre.

Se registraron cerca de 1.200 milímetros de agua en las precipitaciones a lo largo de una semana, cuando al año se registraban, en promedio entre 500 y 600 milímetros.

La vaguada ocasionó cerca de 16.000 muertos. 94.000 damnificados y más de 130.000 evacuados. No se tienen cuantificados los desaparecidos.Al borde de la muerte siguen viviendo los pobladores de Vargas por la ineficiencia de los organismos del Estado, quienes no han realizado las obras de recuperación como estaban previstas.

Los pobladores de Vargas siguen nutriendo con sus lágrimas el mar. Aún no olvidan a sus muertos de ocho años atrás. Continúan pisando los escombros llenos de dolor y seres queridos. Sueñan con el sonido de un río mortal que los envuelve, los ahoga, los silencia. Le temen a la naturaleza que los abriga. Las montañas que los protegían y daban su verdor, hoy son una masa amenazante que los puede aplastar. El mar azul, que es parte de su vida, de su trabajo diario, es el depositario de su dolor y de los restos de su vida.

glafila Este es el pan diario de quienes transitan toda la cuenca del estado Vargas. Las obras no avanzan y las promesas caen en el olvido, en un saco roto… La piel de Glafila González está tostada por el sol del litoral. Curtida por los años de vida, 64 para ser exactos, recuerda con angustia las rocas rodar por el cauce del río Piedra Azul. “Mi casa quedó con las columnas en el aire. Pensé que moriría cuando vi el tamaño de las piedras que bajaban de la montaña con un estruendo que ensordecía todo lo demás. El río reclamaba lo suyo. El terreno que nosotros habitamos le pertenecía. En la parte de arriba de la montaña habían canteras y allí se formaron pozos inmensos con las lluvias de los primeros días. La masa de agua no pudo ser contenida allí. Otro era su destino. Quería reencontrarse con la inmensidad del mar y nosotros estábamos en su camino”.

Para esta mujer, los lamentos dejaron paso a la rabia contenida por los trabajos mal realizados. “Nos presentaron una maqueta que incluía un bulevar con parque infantil, pasarelas peatonales y el embaulamiento del río. Todo ha sido una gran mentira. Colocaron unas mallas rellenas de piedra que no aguantan una embestida del río si éste llega a crecer. Son un nido de ratas. Las aguas negras no las arreglaron y todavía sufro cuando llueve porque las aguas me incomunican y debo esperar que bajen”. Así finalizó su historia Glafila González, una historia repetida por millares.

gladyspina Gladys Piña muestra en su cuerpo el peso de la tragedia. Sus ojos reflejan el dolor cautivo en su alma. La pérdida de su casa, único bien material que poseía le taladra el espíritu. Su hija mayor está en silla de ruedas y sufre del síndrome de Down. Tiene con ella a tres de sus nietos a pesar que el espacio que habita es una pieza de 4×5 metros. “No encontré nada de lo que fue mi casa cuando regresé, luego de salir la noche del 14 a casa de unos familiares. No podía arriesgarme a nada. Mi esposo había sufrido un infarto hacía dos meses y mis hijos, una hembra y un varón, me ayudaban con lo que podían. Estuve cinco años en un refugio en Turiamo, hasta que nos quitaron las casas para derrumbarlas. 16 millones de bolívares nos dieron para cancelar alquileres mientras nos daban nuestros nuevos hogares. Eso fue en julio de 2005. Eso no bastó. Nos comimos los cobres y recurrimos a la voluntad de la gente”.

Con los papeles entregados por los organismos encargados de darle una vivienda, Gladys, a sus 59 años, sueña con una esperanza de techo propio. Mientras tanto, un jergón con la goma espuma al aire de lo que una vez fueron colchonetas, una cama, un televisor, una nevera, una mesa, tres taburetes hechos con maderas disparejas ?que sirven de mesa y soporte de objetos?, y un pequeño estante que contiene sus ropas y los productos de Mercal, son sus únicas pertenencias ya.

nelsonlopez Toda su vida Nelson Andrés López ha vivido en el sector Quebrada Seca, en Caraballeda. Su casa materna fue arrastrada por los escombros que trajo el río formado por las dos quebradas que convergen en el sector. Más de treinta casas sufrieron la embestida de las aguas. “Cuando se fue la luz, el 15 de diciembre, sabía que algo pasaría. Cargué a mis hijos y me fui cerro arriba hasta la casa de unos familiares. La lluvia era cerrada y no dejaba ver. El agua que bajaba de los cerros los partía en pedazos que se dejaban venir arrastrando lo que encontraban. En los tres días siguientes, murieron cerca de 40 personas, todas conocidas”. El barrio pequeño, ese que le dio cobijo desde hacía 33 años, entonces lo alejaba. Este obrero de la construcción fue reubicado en Cumaná, en la urbanización Cristóbal Colón, tres meses después del deslave.

“Acepté irme para allá porque tengo una prima que vive en Cumaná. Al principio nos ayudaban con la comida y el pago de los servicios. Eso fue bueno mientras duró. Luego nos convertimos en una carga para el Gobierno y nos fue haciendo a un lado. No había trabajo y con cinco hijos hay que trabajar para darles de comer aunque sea. En el 2003 me regresé yo solo y les enviaba dinero, pero no era fácil. Ellos se vinieron dos años después. La Gobernación sigue sin hacer nada y nuestro concejal, Neptalí Ruiz, sólo viene cuando tiene que buscar votos”.

abilioromero “Una casa que se sostiene gracias al amor de la familia que lo habita”. Así describe su situación actual Abilio Romero. “En el momento que nos dimos cuenta que el río estaba creciendo nos fuimos montaña arriba. Agarrar el cerro con mis dos muchachos, uno de 8 y otro de 14, y mi mujer, no fue fácil. El agua que nos tapaba la vista y el barro que nos hacía resbalar a cada rato, me hacía pensar que moriríamos ahí”.

Fueron doce horas que pasó esta familia en lo alto de la montaña. Desde las 6:00 de la tarde hasta las 6:00 de la mañana. “Vimos como los árboles se llevaban las casas de muchos de nuestros vecinos. Escuchábamos gritos por momentos. Creíamos saber de quiénes eran. Aquí todos nos conocíamos desde siempre. No eran familias de sangre, pero si de vida”. Hoy, ocho años después de esa madrugada de terror, Abilio y su familia habitan solamente la parte alta de lo que fue su casa. El piso de abajo se encuentra lleno del barro, las piedras y los escombros que arrastró el río. “No quisimos limpiar porque preferimos que si hay un muerto, se quede donde está. Por lo menos, sabemos que se sentirá entre personas que siempre lo apreciaron”. Estas son algunas de las cosas que dijo Abilio Romero intentando ocultar las lágrimas que acuden a sus ojos ante el recuerdo de lo vivido. Todavía espera la ayuda oficial que le permita reconstruir su casa. “No me quiero mudar porque aquí se vive tranquilo”.

linoromero Lino Romero es un hombre de 1.80 metros de estatura. Su contextura indica que siempre le gustó el trabajo. Fue pescador y albañil. Su rostro está surcado de arrugas, unas de experiencia, con sus alegrías y tristezas. Otras, producto de los años. Es un hombre de hablar sencillo, pero claro y directo. “Este Gobierno es peor que los de antes. Ellos, los adecos y copeyanos, tiraban migajas cada cierto tiempo a las comunidades, aunque lo hacían. Este Chávez se olvidó de lo que dijo hace ocho años. Seguimos estando igual y si llegan otras lluvias como las de 1999, no creo que vivamos para contarlo”.

Ya con un andar pausado, producto de sus 81 años, Romero encaró el recuerdo de esos días. “Fuimos 59 personas que corrimos para la parte de arriba de Quebrada Seca para ver si no nos llevaba el río. El miedo a morirnos nos quitó hasta el hambre, lo único que sentíamos era miedo y frío. Daba igual. Las dos cosas nos hacían temblar. La muerte la sentíamos cerquita. No fue hasta el día siguiente que escuchamos los helicópteros de rescate. Los primeros sólo se acercaban a grabar y tomar fotos porque ninguno bajó a buscarnos. Luego, vinieron otros que bajaban con miedo porque cuando pisaban la tierra ésta se hundía. Casi se voltea un bicho de esos. Creíamos que era el fin del mundo. Se había escuchado tantas veces que el mundo se terminaba en el año 2000, que yo me lo creí”.

solirama Sol Irama Martínez supo que la muerte tiene muchos rostros. La naturaleza enfurecida es uno de ellos. Su vida la salvó una llamada telefónica horas antes que el río embistiera contra su hogar. “Las lluvias comenzaron en noviembre y nadie le hacía caso. De lo único que se hablaba era de la votación para la nueva constitución y nadie escuchaba nada sobre otros temas, incluido el presidente Chávez. Yo me fui el 15 de diciembre en la mañana. En la tarde me enteré que la casa que estaba al lado de la mía se la había tragado el río. Sus pedazos los tenía en la parte de abajo de la mía. Las aguas se comían las orillas que daban hacia Los Corales. Yo estaba segura que ocurriría una desgracia. En la noche, dos edificios que fueron los que salieron en las fotos, se vinieron abajo en la parte donde quedaban los baños. El ruido de las cabillas al doblarse se podía escuchar”.

Con 38 años, de los 46 que tiene de vida, viviendo en el sector, Sol ya reconstruyó su casa. Su corazón, según sus palabras, continúa arrugado por el dolor y la desidia en los cuales siguen sumidos. “La indolencia de los organismos regionales y nacionales siguen poniendo en peligro nuestras vidas porque los trabajos no los han realizado como debieron. Gracias a Dios que fue la Comunidad Económica Europea la que se encargó del embaulamiento del río, aunque le faltó profundidad con respecto a como era antes ese cauce”.

1 Comentario(s)

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  1. ke trajelia bye

    liliana | Abr 12, 2008 | Responder

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