Tomoporo: una oferta engañosa del Gobierno

La bonanza petrolera revolucionaria nunca llegó al poblado de agua y tierra, ubicado entre el Zulia y Trujillo

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Fotos: Edwin Barroso

A pesar de que Pdvsa tiene un Distrito Social con su nombre, los 289 habitantes arrastran consigo el pesar de la burla y la desatención del Gobierno. Los residentes del poblado petrolero cuentan cómo Pdvsa explota la zona sin ningún tipo de reivindicación social.

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Un pueblo partido en dos: uno de agua y otro de tierra, pero con una herida inmensa, hecha por el engaño, la desatención, las ilusiones rotas que dan paso al hambre, al desempleo, a la miseria…

Fue mucha la expectativa antes de llegar a Tomoporo, la de los anuncios presidenciales, recorrimos más de 200 kilómetros por tierra, un poco más de tres horas y media. Eran muchas las ganas de conocer el nuevo bastión petrolero nacional, “el ejemplo para iniciar la nueva era de la explotación petrolera venezolana”, parafraseando al Presidente.

En el trayecto imaginábamos, al fin, un rincón de Venezuela tan rico como nuestro subsuelo. Fue en Mene Grande donde la realidad comenzó a golpear en la cara. Allí, con sorpresa, encontramos el Distrito Social de Pdvsa Tomoporo, un edificio que suponíamos enclavado en el pueblo que lleva tal nombre, y no una hora antes de llegar al destino fijado.

“¿Tomoporo? Eso es monte y culebras”, nos dijeron en un paraje y respondimos con una mirada escéptica, pero no tardamos en comprobarlo. Después de rodar bastante, llegó un punto en que terminó la carretera y comenzó la trocha. En Tomoporo no se palpa ninguna riqueza ni atención oficial, mas sí el sacrilegio a su nombre.

El poblado está delimitado por una escuelita, una capilla, un dispensario y un campo de béisbol donde las culebras juegan banca. La triste realidad de Tomoporo de Tierra nos congeló las buenas referencias. “Las carreteras no sirven, el alumbrado es pésimo, no hay transporte, el dispensario se va a caer en pedazos. Hay que abastecerse en pueblos cercanos, de noche las neveras no quieren ni trabajar”, confesó Nelly Ferrer, residente.

“Ésto debería ser una ciudad, debería recibir el doble de la ayuda porque ahora es que sacan petróleo de aquí, y ahora es que hay pozos para perforar mientras estamos cada día más abandonados”, agregó.

Alimentarse es otra historia. Los programas gubernamentales no abastecen a todos. Mercal acampa allá una vez al mes, algunas veces con pollo, huevos y leche, pero otras veces no. “La gente va para Trujillo porque ni en Mene Grande se consigue nada”, denunció Daneira Infante.

La deuda en materia de vivienda es descomunal. Se programó la sustitución de 20 ranchos por viviendas en Tomoporo de Tierra, de los cuales siete se concretaron y el resto del proyecto no lo terminó la cooperativa encargada. A Tomoporo de Agua le prometieron 20 palafitos, de los cuales se levantaron dos y otros dos están paralizados por falta de guía para comprar la madera.

En el poblado visitado, según sus habitantes por el mismo Simón Bolívar, el hacinamiento impera. Hay palafitos en los que viven hasta cuatro familias y en uno de ellos viven 14 personas de los cuales nueve son niños. Si algo tiene el pueblo es que sus habitantes son como una gran familia, donde abunda la solidaridad.

La explicación de tal abandono la encontramos más tarde, y es que el pueblo sólo aporta 61 votos al padrón electoral. Los médicos cubanos han pasado de largo por el pueblo un par de veces, y una patrulla policial acude cual cometa Halle. Así es Tomoporo, no el de los discursos, sino una oferta engañosa del Gobierno nacional.

Proyectos incógnitos e inconclusos
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Una valla del Gobierno da la bienvenida a la zona de agua, jactándose de la inversión de más de 620 mil millones de bolívares en la construcción de un rompeolas. El detalle que falta exponer es que la obra está incompleta y que sólo se construyó la mitad del muro de contención. Sin embargo, prometieron terminarlo, sólo que ya han pasado cuatro años desde entonces.

Peor fue el remedio que la enfermedad para Arcíades Leal, quien denunció que cuando construyeron el rompeolas, rompieron la tubería que llevaba el agua potable a las casas y ahora tienen que ir a buscarla en la raíz del tubo.

Maira Arenas no le resta mérito al Núcleo de Desarrollo Endógeno, pero confiesa que es un órgano maniatado. “Ellos nos ayudan con las evaluaciones de infraestructura, pero en lo que está a su alcance porque ellos no pueden meter muy profundamente la mano. Allí los que dan son los jefes”.

  • UBICACIÓN

Mapatomoporo

Pdvsa hermética
En procura por conversar con voceros del Núcleo de Desarrollo Endógeno de Pdvsa-Tomoporo, y tras recorrer aproximadamente 45 minutos de trocha en carro, el acceso a la información fue imposible.

Llegamos a la oficina y nos recibieron los subalternos. No podían ni decirnos cuál era su aporte a la producción agrícola de la zona. Nos comunicamos con su jefe, Carlos Zuleta, pero éste también se negó a hablar y nos remitió a la Dirección de Asuntos Públicos de Pdvsa-Tomoporo, quienes pidieron por escrito qué información requeríamos y después de advertirnos que habría unas cuantas alcabalas, nunca respondieron.

Medicina a medias
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Gina Ramírez, enfermera del dispensario, tiene tres años trabajando con miedo a que el techo se le venga encima. “Aquí uno no puede hacer el favor de venir a curar a nadie de noche porque no hay electricidad, y cuando llueve escampa primero afuera que adentro. Le digo al Gobierno que se acuerde de esta zona. Éstas no son condiciones para trabajar y menos para prestar un servicio de salud, aunque hay que reconocer que los insumos sí llegan”.

En un lugar donde se imponen como medios de transporte las bicicletas y los equinos, el ambulatorio más cercano está en El Siete (a media hora de distancia en carro) y el hospital más próximo es el de Mene Grande.
Ante una emergencia médica, sólo hay que esperar en el terminal por una chirrinchera que puede tardar entre 20 minutos y dos horas en llegar o pagarle 40 mil bolívares al único vecino que dispone de vehículo para que le haga el favor de trasladarlo.

Sin fuentes de empleo
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La mayoría vive de la pesca y del campo, sólo dos personas tuvieron la suerte de ser contratados para operar el taladro sembrado recientemente. “Acá vino un taladro y no trabajaron sino un vecino y un compadre”, relató el pescador William Rivera.

Las esperanzas de muchos habitantes están cifradas en dos taladros que pronto comenzarán a funcionar en el yacimiento, para lo cual ya censaron a los habitantes de Tomoporo y de tres pueblos aledaños, sin el visto bueno de los primeros. “Cómo van a meter gente de afuera y no de aquí”, se preguntó. “Aquí hay cinco cuñeros y un encuellador”.
Para las mujeres la vida no es fácil, en Tomoporo sólo hay trabajo pesado, por lo tanto, éstas deben trasladarse diariamente hasta Mene Grande para ganarse la vida.

A las 25 familias que viven en los 14 palafitos de Tomoporo de Agua casi las chispea el oro negro que brota de los múltiples pozos petroleros que los rodean, pero ese es un beneficio negado para ellos. Con esa indiferencia le paga la petrolera a una comunidad de 89 habitantes que data de unos 500 años atrás.

“Yo tengo años pescando. Aquí hay como ocho pescadores, nosotros sacamos la cangreja pero nunca hemos recibido ayuda para potenciar nuestro trabajo”, comentó Arcíades Leal.

Estudiar en el olvido
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En la escuela Concepción Tomoporo las ganas de aprender y la disposición de enseñar sobran, los pequeños lo demuestran de lunes a viernes cuando caminan de cinco a diez kilómetros para asistir a clases, cuando primero y sexto grado comparten la misma aula, y cuando únicamente juegan a las carreras en la cancha porque carecen de material deportivo.

La escuela la remodeló la antigua Pdvsa en 2002 y la inauguró la nueva unos meses después. Sus problemas son de identidad. El gobierno nacional, el regional y la estatal petrolera se pelotean la responsabilidad.

Mirna Ramírez, maestra de la localidad desde hace 21 años, relató que “a veces vienen y me preguntan de quién es la escuela para ver si la pueden arreglar, me preguntan si es de Chávez o de Rosales y yo les digo que es de Venezuela porque aquí no estudian ni los hijos de Chávez ni los de Rosales”.

“Los de Pdvsa siempre nos dicen mentiras. Nos dicen que van a arreglar el techo y dicen que el proyecto está aprobado. Nosotros le pedimos un transporte escolar para nuestros 183 niños, porque aquí hay niños de otros pueblos”.

La pintura azul y blanca, característica de la educación, está desconchada pero aún así sus siete maestras se negaron al único ofrecimiento de cambiarla. “El alcalde la quería pintar de rojo y no quisimos ese color, entonces no la pintó”.

Ola de inseguridad
Si bien se trata de un poblado con gente humilde y trabajadora, otro de los males que afecta a Tomoporo es la inseguridad. Hace unas semanas su única calle se tiñó de sangre. “De sábado para domingo me dicen que hay un muerto, cosa que nunca se había visto en este pueblo. Yo me asusté y brinqué de la cama creyendo que podía ser un familiar mío. El hombre estaba tirado en la calle con un tiro en la frente y se lo dio un compañero de él que es colombiano. El señor no vivía aquí”, relató William Rivera.

La delincuencia se traslada de Trujillo, recorre media hora y hace lo propio en Tomoporo. “Se están viendo muchos motorizados que pasan armados y no son de aquí”. Nadie les da respuestas.

Realidades desvirtuadas

Danaira Danaira Infante, madre de dos niñas, está de acuerdo con la explotación petrolera para que el pueblo crezca. “Pdvsa no cumplió anteriormente pero yo creo que ahora sí cumplirá porque nosotros no nos dejaremos engañar más. Tomoporo es grande en todas partes menos aquí. Donde quiera está Tomoporo en avisos y cuando vienen a ver a Tomoporo, Tomoporo es ésto donde no hacen nada. Acá tenemos necesidades fuertes, es injusto”.
Confía en que los nuevos taladros serán la panacea, aunque vio convertir en sal y agua las promesas que hiciera Pdvsa cuando instaló el más reciente taladro. Ofrecieron asfaltar las calles y hacer un sistema de drenaje, porque religiosamente cada vez que llueve el agua les llega hasta el cuello.

Maira Maira Arenas, preside el consejo comunal, aunque aún no le bajan recursos. “Aquí los pozos están cerca y aquí nadie trabaja, eso debe ser porque no hay muelle aquí para embarcar. El Distrito Social de Pdvsa y el Núcleo de Desarrollo Endógeno, más lejos no pueden estar. Lo único que tienen de Tomoporo es el nombre. Todos los pozos están en el frente, pero hasta allí. El agua daña toda la línea blanca. El Tomoporo que ellos presentan en la televisión no tiene nada que ver con éste. Lo ponen bonito pero ese será otro Tomoporo fantasma”.

Teofilo Teófilo Rivera, un viejo pescador retirado, ama a su pueblo con todo y sus dificultades. “Nací aquí, me gusta vivir aquí porque éste es mi pueblo. Mi mamá y mi papá también nacieron aquí”. La desidia cabalga brutalmente por ese pedacito de tierra desde que el mundo es mundo, “sólo que ningún otro gobierno me había ofrecido villas y castillos”, sin embargo, sus habitantes no conciben la idea de mudarse a la ciudad.

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