La reforma según Teodoro

Así analiza el dirigente político los cambios propuestos para la Carta magna.

Aquí están seis editoriales publicados por el ex candidato presidencial en Tal Cual, periódico que dirige. En ellos, el también economista presenta su enfoque sobre la propuesta de reforma presidencial entregada a la Asamblea Nacional por el presidente Hugo Chávez. “¿Van a volver a tragarse esta coba miserable y darle un voto para satisfacer lo único que a Chacumbele le interesa de esa reforma: su presidencia perpetua?”, escribe.

2012, no más (23 de agosto)
Chacumbele, como siempre, va a tratar de convertir lo de su reforma en un plebiscito sobre él. Ya la propaganda del oficialismo presenta las cosas como si lo que estuviera en juego fuera la Presidencia. Siempre lo hizo así en el pasado, pero ahora Chacumbele siente que hay más razones que antes para colocar las cosas en el terre no de un plebiscito. Hoy no hay si no que asomarse a las melancólicas reuniones de los pomposos batallones del Psuv, que ni a escuadras llegan, para darse cuenta de que el antiguo fervor se viene evaporando como agua hirviente. Por eso Chávez necesita galvanizar a sus votantes colocándolos ante el falso dilema de que no aprobar la reforma es traicionarlo a él.
Pero eso no es así. En el referéndum no se va a decidir por o contra el actual gobier no de Chávez si no por o contra la reforma constitucional. Así como grandes cantidades de chavistas de a pie rechazaron el cierre de Rctv, sin por eso dejar de ser chavistas, ahora muchos de ellos, de a pie —y también algunos de a Hummer— tienen serias reservas sobre los propósitos reeleccionistas de “su” presidente.
Si se elude la trampa de polarizar el referendúm en tor no a su persona, mucha gente que se identifica con él estaría dispuesta a rechazar la reforma, sin comprometer con ello su apoyo al Presidente.
Tal como lo hicieron en el caso de Rctv.
Lo que está sobre el tapete es la reforma a la Constitución y no el periodo presidencial 2007-2013.
Lo que se discute a propósito de la reforma no es si Chávez puede o no gobernar hasta el 2012, que es cuando finaliza este periodo presidencial, si no si se debe reformar la Constitución para darle el derecho a gobernar más allá de 2012. De acuerdo con la Constitución aún vigente, la Bicha, Chávez tenía derecho a una sola reelección.
Ya la gastó. Ya fue reelegido.
Pero no puede venir ahora, en medio del juego, a cambiar las reglas para establecer que los innings se acaban con cuatro outs y no con tres. Eso sería un golpe de Estado. El Presidente quiere dar un golpe “constitucional” para perpetuarse en el poder. La diferencia es que el golpe no sería como el del 4F si no trampeando la Constitución. La decisión, pues, no es sobre “Vete ya”. Esto no es un revocatorio. Si los venezola no s se pronunciaran contra la reforma, el Presidente permanecería en el cargo, pero hasta 2012, no más allá.
Algunos chavistas, de los de a Hummer, andan repitiendo la bolsería de que quienes hoy defienden la Constitución del 99 son los que ayer la rechazaron. ¿De qué se extrañan? Se defiende el texto vigente porque éste establece una sola reelección, porque la Constitución de 1999 impide que Chávez se eternice en el poder.
Si Chávez quiere cambiarla es porque se le volvió una chaqueta de fuerza. A él, no al país. Este la aceptó como su Carta Magna, pero a Chávez ya no le sirve más.
Quiere una para su uso exclusivo; una que le dé poderes de dictador. Los que reniegan de “la mejor Constitución del mundo” son precisamente, vaya paradoja, quienes la hicieron. Por eso, NO.

La coba de las seis horas (28 de agosto)
Hay gente en este país que ha confiado en el Presidente —y mucha de ella todavía le mantiene abierta una carta de crédito—. Es precisamente de esa confianza de la que Chacumbele se aprovecha groseramente, llevando a extremos indecibles su mala fe. Chávez se burla de la gente, desprecia su inteligencia y hace de la reforma constitucional una operación de engaño y demagogia.
Ya apuntamos antes como la reducción de la jornada de trabajo a seis horas y la creación de un sistema de seguridad social para los trabajadores informales son “caramelos de cianuro”, falsas novedades, porque ya están contenidas en la moribunda Bicha de 1999. Eso no se cumplió y ahora lo promete de nuevo, con otro envoltorio. En el artículo 86 de aquella se estableció “la obligación del Estado” de crear “un sistema de seguridad social universal, integral”. Ocho años han transcurrido y ese sistema de “seguridad social universal”, es decir, para todos los trabajadores, incluyendo los informales, no existe. No se ha dado ni un solo paso para sustituir el ineficiente y corrupto Seguro Social por ese supuesto nuevo sistema.
Ahora Chacumbele recicla la misma oferta. ¿Por qué deberían los trabajadores informales creerle si durante ocho años lo que ha hecho es utilizarlos, para sacudírselos cuando considera que ya no le son necesarios?
¿Van a volver a tragarse esta coba miserable y darle un voto para satisfacer lo único que a Chacumbele le interesa de esa reforma: su presidencia perpetua?
En el caso de las seis horas, el engaño es aún más burdo. No sólo porque en el artículo 90 de la moribunda se estableció que “se propenderá a la progresiva disminución de la jornada de trabajo” sino porque, encima de esto, la Asamblea Constituyente, en la Disposición Transitoria Cuarta de la Constitución, dio plazo de un año a la Asamblea Nacional para que reformara la Ley del Trabajo contemplando “un conjunto de normas integrales que regulen la jornada de trabajo y propendan a su disminución progresiva, en los términos previstos en los acuerdos y convenios de la Organización Internacional del Trabajo suscritos por la República”.
De manera que si la Asamblea Nacional y, sobre todo Chacumbele, no se hubieran desentendido de este mandato de la Constituyente, ya habría tenido lugar todo el proceso progresivo para ir disminuyendo la jornada de trabajo sin traumas. Hace rato que sería menor de ocho horas. Pero se echaron las bolas al lomo y ahora le vienen a los trabajadores con el mismo cuento, para arrastrar su voto hacia la presidencia perpetua.
Peor aún, el TSJ, en junio de 2004 le otorgó un nuevo plazo de seis meses a la AN para que dictara la reforma de la Ley del Trabajo. Elaboró la AN un proyecto de reforma de la LOT, engavetado hasta hoy. Como detalle que debiera llamar la atención del pueblo chavista, en ese texto no se acordó nada que tuviera que ver con la reducción de la jornada laboral. ¿Va a seguir creyendo ese pueblo en pajaritos preñados tan sólo para que Chávez pueda emparejarse con Juan Vicente Gómez?

O dictadorzinho (29 de agosto)
Con el estilo mojapendejos que es rasgo idiosincrático de los brasileños y que él encarna de maravilla, el presidente Lula dijo: “No creo en la palabra insustituible.
No existe nadie que no sea sustituible o que sea imprescindible. Cuando un dirigente político comienza a pensar que es imprescindible, que es insustituible, comienza a nacer un dictadorzinho (un dictadorcito) ”. Obviamente tenía en mente al único político latinoamericano que proclama a voz en cuello que es insustituible, que sólo Él, El Inmarcesible, puede gobernar a su país. Lula, pues, estaba mirando a su colega Hugo Chávez.
No le decía perro, pero le mostraba el tramojo —como decían los venezolanos de antes, para referirse a este tipo de alusiones oblicuas—, como la de Lula, el cual, sin querer queriendo, clavó a Chacumbele en la pared.
Y eso que Lula no había oído el Aló, Presidente del domingo pasado, en el cual nuestro megalómano alcanzó niveles delirantes, valga la redundancia.
Lula no lo oyó decir, por ejemplo, que Venezuela es como un cuadro y que el único que puede pintarlo es Él, Yo-El-Supremo.
“Si yo entrego el pincel —decía, absolutamente en trance—, otra persona alterará los colores del cuadro”. Con lo cual bastante explícitamente dice que ninguno de sus compañeros de la asonada del 4F es capaz de llevar adelante esta mamarrachada que él denomina “revolución”. Ya lo saben, pues, Diosdado, Jesse, Vielma Mora, Juan Barreto y demás gonfaloneros del capo: ustedes han sido condenados al rol eterno de segundones. Pueden irse bajando de la nube: en la lotería de la presidencia ustedes no tienen quinticos comprados.
Por supuesto, la idea de partido, de una organización que lleva adelante un proyecto, lo aplica y desarrolla, le es completamente ajena a Chacumbele. Ni le pasa por la cabeza que la continuidad del proyecto político está dada por el partido.
Por eso para Él, Yo-El-Supremo, el Psuv es una concha de maní. Lo concibe como una máquina electoral para que lo reelija una y otra vez. Tal como concibe a la FAN como un garrote para partir las cabezas que duden de su imprescindibilidad.
De paso, tampoco entiende la diferencia entre el régimen parlamentario y el presidencialista y por eso repite (no por viveza, sino por pura y simple ignorancia) esa bolsería de que en Europa existe la reelección indefinida.
Tampoco lo oyó Lula cantar aquello de “con lo mío, mío, mío, con lo mío no se metan”, aludiendo a que la reforma es de Él, sólo de Él y que esa obra “perfecta” (así la calificó, con su proverbial modestia), mejor es que no se la toquen. Como quien no quiere la cosa sentó las bases para la homóloga de la infabilidad papal: la infalibilidad chacumbeliana. Pronto lo oiremos, autojalándose, declarando que Él —como dijera de Fidel Castro aquel baboso de Alejo Carpentier—, “nunca se equivoca”. Cómo descoca el poder, carajo.

¿Arenita playita? (30 de agosto)
Hablando de los caramelos de cianuro, es decir de las ofertas engañosas que aparecen en la reforma constitucional en materia laboral, hay un aspecto del artículo 90 sobre la reducción de la jornada laboral, que debe ser plenamente conocido por los trabajadores para que se vea clarito por donde vienen los tiros.
Dice ese texto: “Asimismo (sic), deberá (el patrono o patrona) programar y organizar los mecanismos para la mejor utilización del tiempo libre en beneficio de la educación, formación integral, desarrollo humano, físico, espiritual, moral, cultural y técnico de los trabajadores y trabajadoras”.
Parece cargado de buenas intenciones, pero acerquémosle la lupa.
El “tiempo libre”, es decir las dos horas diarias en que sería disminuida la jornada, más otras adicionales —porque no se especifica cuál es la extensión de ese tiempo libre— deberá ser programado y organizado por el patrono o patrona, no por el trabajador o trabajadora. Estos ya no sólo no serán “dueños” de su tiempo de trabajo, que en definitiva “pertenece” al empleador, sino que tampoco lo serán de su tiempo libre. Si usted, lector o lectora, quiere echarse palos o ir al cine o estudiar lo que le plazca o reunirse con amigos o jugar dominó o simplemente irse a dormir, no podrá.
El consejo laboral o el poder popular se encargarán de velar que usted se ajuste a la disciplina “programada y organizada” para el tiempo libre por el patrón o patrona. Tiempo que no será suyo sino de la empresa.
Por supuesto, quienes deben pelar el ojo, ante todo, son los trabajadores y trabajadoras del Estado patrono. Pueden estar seguros los empleados y obreros de todos los ministerios e institutos autónomos, así como los de las empresas estatales, desde los de Pdvsa hasta los de Cantv, electricidad, aluminio, etc., que ese patrono, el Estado, sí se ocupará de inmediato de programar y organizar el tiempo libre de sus trabajadores.
Podría organizar deportes, cierto es, o bailoterapia, o cualquier actividad entretenida, pero si nos atenemos a lo que ya viven los beneficiarios de misiones como Vuelvan Caras o los integrantes de cooperativas —visto y oído en vivo y en directo a través de Aló, Presidente— lo seguro es que el tiempo libre sea programado y organizado por el Estado patrono para obligatorias y aburridísimas clases sobre el “árbol de las tres raíces”, sobre la historia según Chávez, sobre la vida de éste, sobre la teoría de la plusvalía y de la lucha de clases y hasta, como sugirió una diputada jalabolas espontánea, sobre “el pensamiento del presidente Chávez”.
¿Política-ficción? Quien pueda que se lo pregunte a un cubano.
Hay en este delirio atroz —que es práctica cotidiana en Cuba—, una invasión de la vida privada, un atropello al libre albedrío, al elemental derecho de cada quien de organizar su propia vida según le plazca, que de ser aprobado subordinaría al ser humano a la voluntad del Estado y del Gobierno y, en definitiva, a la de su conductor, que no es otro que el presidente de la República.
¿Nos vamos a calar esta vaina?

Fuerza Armada Bolivariana (FAB) (03 de septiembre)
¿Qué ocurrirá con la FAN en la reforma constitucional? Primero que nada se le cambia el nombre. Será Fuerza Armada Bolivariana. Ya veremos que consecuencias trae esto. No es inocente la nueva denominación.
En el artículo 328 se redefine a la FAB como “un cuerpo esencialmente patriótico, popular y antiimperialista”, en lugar de lo que establece la actual Constitución: “institución esencialmente profesional, sin militancia política”. Con la nueva redacción queda abierto el camino hacia la transformación de la FAN en una institución política, es decir, partidista. En otras palabras, los oficiales terminarán perteneciendo obligatoriamente al partido de gobierno. ¡Ojo! No a cualquier partido, sino al del Gobierno. El cambio de nombre de FAN a FAB no es meramente formal.
Supone una definición ideológico-política, porque el “bolivarianismo” no es sino la instrumentalización ideológica y tendenciosa del nombre del Libertador, vinculando la política de Chávez a un supuesto legado de Bolívar. El “bolivarianismo” se ha hecho sinónimo, en la práctica política del Gobierno, de “chavismo”. Al denominarla como FAB se la transforma, explícitamente, en una institución de partido, en parte del partido de su Comandante en Jefe.
Esto queda más claro aún cuando se suprime en su definición lo consagrado en la constitución de 1999, de que la FAN “está al servicio exclusivo de la Nación y en ningún caso al de persona o parcialidad política alguna”. En su discurso ante la AN, Chávez decía que eso no es necesario establecerlo en la Constitución porque es algo así como obvio. No es cierto.
Esa prohibición constitucional tiene que ser explícita porque al eliminarla, los militares tienen abierta la posibilidad de hacerse miembros de un partido (para el caso el Psuv), colocándose así al servicio de una persona, Hugo Chávez, quien, “casualmente”, es su Comandante en Jefe y, simultáneamente, jefe del Psuv.
Para que esta norma constitucional quede blindada, se prevé, entre las atribuciones del Presidente (artículo 236, numeral 7), la de “Promover a sus oficiales (los de la FAB) en todos los grados y jerarquías y designarlos o designarlas para los cargos correspondientes”. Hasta ahora, los ascensos dependientes del Presidente son los de coronel hacia arriba; una vez aprobada la reforma, desde sub-teniente en adelante, los ascensos los determinará Chávez.
Puede imaginarse el tremendo instrumento de poder que adquirirá éste al tener en sus manos el destino de los oficiales desde que salen de las Academias. Yo-El-Supremo decidirá quien asciende y quien no.
Adiós carrera, adiós méritos; la credencial suprema será la de “lealtad” política a quien tiene la llave de los ascensos, Yo-El-Supremo.
A la FAB se la transformará, pues, en perro guardián de los intereses políticos de Hugo Chávez, de los de los millonarios de la boligarquía y de los burócratas de la nomenklatura partidista. Pues, NO. Esto es incalable.

Brocha gorda (04 de septiembre)
Chávez argumenta su aspiración a la presidencia vitalicia con la falacia de que en países europeos existe la reelección indefinida.
No es posible comparar el régimen presidencialista, propio de América Latina y Estados Unidos, con el parlamentario, propio de Europa y muchos otros países en Asia, África y Oceanía. No se pueden comparar peras con manzanas.
En el primero, jefe de Estado y jefe de Gobierno son una misma persona. En el régimen parlamentario ambas jefaturas están separadas.
Los jefes de Estado en los regímenes parlamentarios desempeñan funciones más bien protocolarias, excepto las de disolver el parlamento y convocar a elecciones.
Por lo general son elegidos por los parlamentos. Por otro lado, los jefes de Gobierno tampoco son elegidos directamente. No se vota para Primer Ministro. Se elige a los partidos políticos para integrar el parlamento. El líder del partido vencedor es designado por el jefe de Estado para dirigir el gobierno. Una misma persona puede permanecer como Primer Ministro tanto tiempo como su partido gane las elecciones, pero sólo si continúa a la cabeza del partido. Si ya no se encuentra en esa posición, aún si su partido gana las elecciones, es al nuevo líder del partido a quien el Jefe del Estado confía el gobierno. Más aún, si en el curso de su gobierno un partido cambia de jefe, el sustituto pasa a ser Primer Ministro.
Es lo que acaba de ocurrir en Inglaterra, donde Tony Blair fue sustituido, tanto a la cabeza del partido Laborista como a la cabeza del gobierno por Gordon Brown, sin que hayan mediado elecciones.
Si en cualquier momento del periodo parlamentario cambiase la correlación de fuerzas políticas y el primer ministro perdiera un voto de confianza en el parlamento o se produjese una crisis política mayor, el Jefe de Estado disuelve el parlamento y convoca a nuevas elecciones.
Esta flexibilidad del régimen parlamentario permite hacer frente a las crisis políticas y a los cambios de humor en el electorado, colocando en manos del pueblo la decisión electoral sobre la crisis. Sólo por ignorancia o manifiesta mala fe se puede aducir que “aquí” se puede revocar el mandato y “allá” no. Las elecciones anticipadas son una revocatoria de mandato, sin las rigideces perturbadoras de los revocatorios con fecha fija.
En cambio, en el continente americano —con excepción de los países caribeños anglófonos— campea el presidencialismo, o bien no existe reelección o bien ella se contempla sólo por una vez. ¿Por qué? Porque hasta en Estados Unidos, donde, después de los cuatro gobiernos de Roosevelt, enmendaron la constitución en 1951 para establecer una sola reelección, percibieron que esta, indefinida, es la antesala de “la tiranía y la usurpación”, tal como dijera Bolívar en 1819 y repitiera en 1830: “Si un hombre fuese necesario para sostener el Estado, este Estado no debería existir, y al fin no existiría”. Palabra de Bolívar, que pulveriza a la infame y adulona “teoría del pincel”. “Teoría de la brocha gorda” es lo que Chávez nos quiere imponer.

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